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Todas las almazaras debían contar con un hogar
alimentado con leña o con el orujo o cospillo, que
siempre estaba encendido.
Como la recolección de las aceitunas se producía
en pleno invierno, era necesario mantener templada la habitación
para que resultara más fácil extraer el aceite.
El hogar también proporcionaba agua caliente para cuando
fuera necesario escaldar la pasta contenida en los capachos
a fin de dilatarla y conseguir la salida de la mayor parte
del aceite.
Además, el fuego ayudaba a los operarios a entrar en
calor y les proporcionaba lumbre para cocinar en sus largas
jornadas de trabajo.
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